¡Oferta!

YA NADIE ESCUCHA EL CANTO

S/.60 S/.20 impuestos incluidos

Categoría: Etiqueta:

Descripción

1.

EN LOS MESES DE NOVIEMBRE Y DICIEMBRE, durante los cuales el cielo es azul y sin una pizca de viento, solía ocurrir en Mayushín algún fenómeno extraño cada siete u ocho años. Y justamente al día siguiente de su llegada, Pedro Sifuentes se había enterado que este año había habido ventoleras por varios días, anunciando fenómenos nunca antes vistos. Los árboles temblaron sacudidos por el viento. Los grillos cantaron por todas partes en desafinado concierto, anunciando algo que sus programas genéticos no consiguieron descifrar. Lo peor, le dijo una vivandera del puerto, había ocurrido el sábado pasado por la tarde. Como copos de algodón sucio y borrascoso, había aparecido en el horizonte una tempestad de langostas que calentaron las orejas de la gente con sus aleteos invisibles. Las personas más sensibles tuvieron ataques nerviosos, desmayos y sofocos durante las horas que persistió el ruido de sierras de los incalculables insectos. Pero después, poco antes del anochecer, había llegado la verdadera catástrofe. Millares de pájaros pasaron chillando, alto en el cielo. Su vuelo acrobático y desesperado simulaba gigantescas olas, tirabuzones, que se entrecruzaban, reventaban y se desvanecían rasantes sobre árboles y techos. Luego se volvían a elevar hasta las nubes para caer en picada, como rayos y truenos en medio de la tempestad. Innumerables fueron los que no pudieron volver a esos revuelos y cayeron extenuados, algunos muertos ya y otros agonizando aún; amasijos de plumas negras aleteando en la hierba moribunda. Ante estos hechos, la gente dio rienda suelta a su imaginación, se avivaron los vaticinios y las inferencias premonitorias. El pánico cundió.

En la otra orilla del río Nete Vita, el yobe shipibo, sentado ante una fogata, había implorado a los poderes de Ronín, la gran serpiente cósmica, los protegiera, a él y a los suyos, del inminente asedio de los malos espíritus. Sí, porque algo turbio en la presentación de las constelaciones le hacía presentir lo indescriptible. ¿Pero qué? ¿Y cuándo exactamente? No lo sabía con precisión. Y por si acaso cantaba ícaros, himnos sacros, durante la noche: Al principio no había ni hombre ni animal. Sólo tu espíritu, Ronín, se cernía sobre la superficie. Pensaste curso de agua y en tu aliento se formó un río. Igualito ocurrió con la tierra que nos sustenta. Puro pensamiento eres. Detrás de cualquier disfraz, en el fondo de cualquier árbol, nos esperas. Nada se te escapa. Padre y creador nuestro, de ti nos vienen los hilos de luz que al unirse en el interior de nuestros cuerpos hace que nos convirtamos en torres iluminadas.

*

El árbol tiembla y se deshoja. Pedro Sifuentes finalmente ha terminado de anotar en la página: “Me has dejado en blanco y aunque todo se desmorone ésta también es una historia de amor.” Afuera ha comenzado a llover sobre el universo trémulo y sediento, en toda la aldea de sus amores y añoranzas, convertida ahora en escenario del infierno. Los goterones retumban en el techo de calamina de esa casa que le sirve de refugio. Le duelen los ojos y se frota los  párpados. Se pone de pie. Está casi desnudo, cubierto sólo con unos minúsculos calzoncillos negros. Deja el cuaderno en la cama y avanza hacia la ventana. La lluvia resuena en el aire. En el horizonte del río divisa una hilera de barcos esfumándose en el violeta del cielo que se funde con el verde oscuro del bosque. Y también los rojos y los cobres que todavía se resisten al hundimiento del día. Delante de sus ojos el árbol se estremece. El agua se desliza por las hojas brillantes del naranjo y baja veloz, en minúsculos arroyos de estaño, por las ramas y tallos para hundirse en la tierra burbujeante del jardín. Estira las manos hacia el exterior y con ese líquido empozado en sus palmas se refresca el rostro; en realidad se limpia la sal de las lágrimas. No lejos, más allá de las casuchas del puerto, la corriente del río brilla entre amarillo y negro; pareciera una enorme serpiente cascabel en cuyo lomo el agua del cielo rebotara, breve y elástica antes de mezclarse con el caudal. “Sí, se trata de una historia de amor teñida de amargura como todas las cosas que la vida nos ha hecho perder. Una historia en la que se compactan los minerales del origen con los diamantes y la pólvora adolescente. No es acaso también amor esa mezcla de rencor y ternura que se extiende por la sangre y el semen inútil, derramado en la sábana, evocando en medio del delirio el cuerpo, los gemidos, las lágrimas de la que te ha dejado aquí, abandonado, en medio de los tuyos y de tus muertos? ¿No es acaso también eso el amor? Pero ella se ha ido porque no estaba huyendo de un infierno para caer en otro, como te lo dijo en la furia del adiós. Y porque si finalmente el mundo entero era un infierno, prefería entregarse a sus llamas en la parcela que más conocía. Sí, eso dijo. ¿Y qué? ¿Por qué lloras? ¿De qué te lamentas?

¿Acaso Mercedes no había insistido en que te escaparas con ella? ¿Acaso tú mismo no te habías negado a ese deseo empujándola a colgarse del brazo del primer fugitivo que se cruzó en su camino? Tu hermano ya sólo es una porción de nitrato en el fondo de la tierra. Y tus padres, los que tú abandonaste, seguro que andan por el bosque cercano a la leprosería de San Pablo, el culo del mundo, convertidos en unas sombras deformes. Y tú, aquí, lloriqueando porque ella se ha ido y te ha dejado abandonado en medio de los tuyos. Sí, abandonado por la que te hizo descubrir lo que en realidad eres: un ser desfasado en medio de un planeta turbulento, invisible e inexistente para todos los que te vieron crecer en esta tierra. Ella se ha ido, claro, pero si no fuera por esta repentina lluvia que enjuaga el cielo, en el aire aún estarían flotando las cenizas del incendio que te ha dejado.”

Pedro vuelve a sentarse en el borde del catre. Pone el cuaderno sobre la silla y anota algo de lo que acaba de decirse. Al rato, vuelve a trabarse. Las palabras se le anudan entre el puño y el cerebro. ¿Podría hablar de lo que le atormenta, de todo el universo que lo habita recurriendo a la pintura, la pasión de su vida? Lo duda. No se atreve. La pintura es un arte para expresar otras parcelas del alma. Ahora es consciente que necesita pasar por las palabras, aunque en el intento se le queme el alma. El aire refrescado por la lluvia entra por la ventana. Lo asalta un ligero escalofrío y se pone la camisa antes de volver a sentarse tratando de sumirse en el afanoso recuento de su estancia en la tierra de su infancia.

La lluvia sigue cantando entre las hojas de los árboles. Y la melancolía lo asalta cuando piensa en Mercedes, madrileña, de treinta y cinco años. En las brevísimas semanas que compartieron el placer, él descubrió que ella era alguien que estaba en proceso de ruptura, alguien que había renegado de un pasado violento tratando de disolverse en el anonimato de la vida cotidiana, pero que la memoria de viejos compromisos con sus compañeros cautivos no la dejaba dormir tranquilamente desde hacía varios meses. Se despertaba en medio de la noche gritando, sofocada, como si algún fantasma anónimo hubiera intentado estrangularla en su propia cama. Hasta que tomó la decisión de alejarse e ir a la búsqueda de otro universo, de otra vida. En esos afanes habían llegado a conocerse. Y él le habló más tarde de los mitos y creencias de los shipibos, y quizá porque ella identificó en esas leyendas una tabla de salvación capaz de alejarla de sus espantos comenzó a interesarse en los poderes del yobe shipibo. Y en pos de ese universo le había seguido hasta aquí, hasta el infierno. Ella sí que había querido ir en búsqueda del gran curandero para oírle cantar en la inmensidad de la noche la recomposición de la trama en el cuerpo de los desahuciados, asistir a la transformación de quienes, gracias a su palabra, se convertían en hombres y mujeres capaces de vivir en las aldeas del fondo de los ríos y lagos de todo el bosque amazónico. Ella sí que soñaba con todo eso mientras él permanecía incrédulo, incluso ahora que ya todo había terminado y que ella, hacía siglos, la inmensidad del universo, un día y una noche, había desaparecido de su línea de horizonte tal vez para siempre.

Unas horas más tarde, por la calle aparecieron unos grupos de chicos que recogían los cuerpos agónicos de los pájaros y los lanzaban como proyectiles, o hacían pases en un macabro juego de vóley. Uno de esos muchachos, al pasar frente a la casa del médico inglés lanzó varios de esos bichos al jardín. El hombre salió a averiguar qué eran. Su sorpresa fue grande al reconocerlos, alas abiertas, sobre la madreselva. Nunca imaginó que aquí los muchachos jugaran con cadáveres como si fueran pelotas. Los recogió y fue a echarlos al basurero, un bidón cortado por la mitad. Se le estremeció el cuerpo al llegar pues el recipiente estaba repleto de pájaros muertos. ¡No es posible! ¿De dónde han salido tantos? Obnubilado como estaba, el médico no recordó los acontecimientos de los días anteriores. Al poner el pie en una de las gradas de la puerta creyó escuchar el chillido de un moribundo. Se detuvo y buscó con los ojos. Los músculos de una golondrina daban sus últimos estirones. Con ese cuerpo mojado por la lluvia, pero aún tibio entre sus manos entró a su laboratorio. El análisis revelaba que el animal no había sufrido ninguna contusión, el sistema digestivo parecía haber funcionado normalmente casi hasta el fin, nada en la sangre revelaba perturbaciones inquietantes. Los pulmones, en cambio, habían estallado. Era como si el genio de la perversidad hubiera capturado pájaros por centenas, millares, y los hubiera encerrado en una cámara de gas, de la que sólo los habría liberado cuando ya no tenían ninguna posibilidad de sobrevivir. Eglinton pensó: si algo te muerde las piernas, no lo dudes, es el hombre y sus perversidades. Introdujo el cuerpo descuartizado en una bolsa de plástico. Con apremio se cambió de camisa y salió. A grandes pasos se dirigió al hospital. Tenía que confirmar allí los resultados del análisis. A lo largo del camino vio algunos cuerpos de pájaros flotando sobre los charcos iluminados por el sol esplendoroso del trópico. Y sólo en ese momento recompuso en su mente lo que había ocurrido durante los últimos días. Si era verdad lo que suponía, miles de aves habían sido envenenadas, tal vez todas las que durante los últimos días habían pasado por aquí, dejando en la localidad aquel olor de gigantesco gallinero. Sin prisa, repitió el análisis. Los resultados fueron los mismos. Comenzaba a sumergirse en reflexiones desalentadoras cuando llegó uno de sus colegas.

–¿Ha visto lo que hay por las calles?– interrogó sin ningún preámbulo.

–Claro, ¿qué pudo ocurrir? Desde la ventana del laboratorio se divisaba el jardín del hospital. Y allí, las palmeras y los árboles de hojas rojas y verdes. Eglinton le mostró los resultados obtenidos. Y permaneció en pensativo silencio mientras Vásquez, pasmado, devoraba la información. En los ojos del recién llegado el asombro desorbitaba sus pupilas y párpados.

–Seguro volaron por algún paraje donde el aire estaba cargado de azufre y el gas les destruyó las vías respiratorias; pasaron, probablemente, por encima de un volcán en erupción…