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SARITA COLONIA VIENE VOLANDO

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Descripción

Eduardo González Viaña

SARITA COLONIA VIENE VOLANDO

 

PALABRAS LIMINARES

Hay entre las nubes una puerta abierta que desde siempre nos está esperando. Por ella entró al cielo una mañana de diciembre de 1940, el alma de Sarita Colonia, quien había nacido veintiséis años antes, junto al nevado Huascarán, bajo cuya luz, en la noche, la ciudad de Huaraz resplandece y tiembla.

Dice la gente -alguien oyó de alguien esta historia – que Sarita ha vuelto a este mundo en 1970, y que desde entonces no cesa de obrar milagros, ni de ser un milagro ella misma. Pero esas versiones son un rumor de sus devotos, y aquéllos pertenecen a una clase marginal de hombres y mujeres silenciosos. No vale como testimonio esa palabra, pero es un murmullo incesante y encendido, como un sigiloso evangelio.

De allí proviene la mayor parte de lo que aquí se narra, y, por eso, sólo el nombre de los parientes cercanos y los datos concernientes al lugar y al tiempo del nacimiento y la muerte de la joven son rigurosos y exactos. Este libro no es una biografía, sino una mala memoria y una palabra inventada, como es el recuerdo, y termina siendo todas las veces la palabra de nosotros los hombres.

El tiempo abundante y asombroso de las leyendas no guarda en este caso obligada relación con la vida terrenal, casi obvia, de su personaje. Amadeo Colonia, Rosalía Zambrano y sus pequeños hijos, durante los años treinta, abandonaron la tierra natal para ir a vivir en la 11 costa, en el Callao, la salida hacia el mar de la capital peruana. Este hecho corresponde a una tendencia migratoria que traslada, desde hace más de medio siglo, millares de familias del campo y las provincias del interior hacia la gran urbe capitalina. No se trata, por lo tanto, de un acontecimiento inusual. Tampoco lo son la frustración y el desamparo que, las más de las veces, resulta el destino de los nuevos habitantes en la tierra prometida.

Nada es inesperado allí. Las estrecheces de la familia Colonia, una probable vocación religiosa truncada por la pobreza, el trabajo de Sarita en el servicio doméstico y su muerte prematura resultan poco menos que normales datos estadísticos.

Tal vez lo milagroso de esta muchacha es haber sobrevivido, ya adulta y sola, en los barracones del Callao, tugurios pauperizados donde para cualquiera es un prodigio la existencia, y más lo es para una joven cuyo único ingreso económico proviene del servicio doméstico ocasional. Una presumible fiebre tífica y la atención deplorable de un hospital de pobres, las circunstancias de su muerte, también son usuales para la demografía.

Incluso la sepultura de Sarita corresponde a lo ordinario. Apenas se produjo el deceso, se dispuso que sus restos fueran conducidos, sin procesión fúnebre, hacia alguna inagotable fosa común. Una cruz, plantada meses más tarde por su padre, evitó que el nombre fuera borrado por la arena y lo preservó para que el futuro lo convirtiera en dolorida esperanza y en memoria colectiva, como suele ser la creencia de los inocentes, y también la palabra de Dios.

En los años setenta nació la leyenda popular que le atribuye portentos sin fin y la condición de santa. El ámbito de esta creencia estuvo inicialmente limitado a Lima y el Callao, pero en los años recientes sobrepasó la frontera norte del Perú, avanzó por los países vecinos hasta llegar a Centroamérica, y está conquistando ahora a mucha de la población hispanoparlante de los Estados Unidos.

Los sectores más proclives a la práctica de este culto fueron, desde el comienzo, los que corresponden a la marginalidad urbana y a las actividades económicas informales, a la desocupación y al subempleo. Un dato proporciona el perfil de los devotos: de los 890 milagros anotados por aquéllos en un cuaderno especial, 751 revelan el hecho -portentoso en el Perú de hoy – de haber obtenido un puesto de trabajo gracias a la intercesión de la santa informal.

La iconografía se reduce a una foto, coloreada posteriormente, que fue tomada a Sarita adolescente por un fotógrafo de trípode, manga y pajarito. Dos flores y un infantil matiz rosado completan la estampita que suele llevar impresa a la vuelta una oración de Francisco de Asís. Probablemente, nueve de cada diez taxis o microbuses de transporte popular en todo el país la llevan adherida en la consola o el parabrisas.

El culto no ha sido reconocido oficialmente por las autoridades eclesiásticas, ni menos existe un proceso de beatificación en marcha, pero ello no es obstáculo para los creyentes. No se debe olvidar que las actividades de aquéllos distan mucho, o caminan paralelas frente a lo oficial y establecido.

En el Perú de hoy, al lado del estado constitucional se ha ido gestando una suerte de república subterránea. Por eso no es raro que un pueblo, casi autoadministrado, acepte el poder de la iglesia para develar el misterio de las cosas, pero le expropie o le ignore sus facultades para reconocer la profecía de los ingenuos y la santidad de los pobres.

Bien se conoce la situación del país cuando aparece este libro. En alguna página se dice que muerta y colmada de muertos amanece nuestra tierra, y se cuenta que, en este tiempo, no es posible caminar, pasear, amar, dormir ni despertar sin detenernos deslumbrados por una luz que viene del infierno o silenciados por un cielo negro que nos proclama ahijados de la muerte.

Uno de los personajes del texto es dueño de una oración secreta para hacerse invisible: hay que recitarla y uno se convierte en aire, y recitarla de nuevo pero al revés para volver a ser cuerpo. Pero quienes la dicen dos veces derecho y de corrido se quedan invisibles para siempre. Quizás estoy evocando aquí la guerra que sacude al país porque aspiro que la injusticia y la violencia retornen a la nada, se vayan al corazón de las sombras, y se pierdan en el día crepuscular que precedió a la fundación del universo.

Ese es el propósito secreto, aunque también una secreta carta va en el libro. Estas páginas han sido escritas a la manera en que probablemente se construyen los sueños de amor. Un hecho real los provoca, pero no tienen con aquél forzosa alianza ni obligada sucesión. A veces, los sueños son posteriores. En otras ocasiones resultan ser una forma de la profecía.

Siento a mi libro como una casa encantada. Se descubrirá que habitan allí los rumores de una lluvia antigua, el olor de la tierra mojada, el acento de algún diálogo trunco, la mirada de los que se miraron en secreto, las vibraciones de una época dolorosa y los cantos de una creencia popular. Eso ocurrirá cuando alguien abra la puerta. Cuando mire a través de la ventana, adivinará que no cesa de venir volando una santa que han ideado los pobres. Sospecho que, en este momento, ella está observándote, lector. Y como ahora habita en un libro, la literatura es la palabra cándida que se apodera del mundo.

Eduardo González Viaña

 

DESPIERTA, SARITA

Cuando despertó, quizás al cabo de treinta años, de diez mil noches o de unos cuantos minutos (porque en la eternidad, los minutos se confunden con los años y los años son una sola noche), sus ojos no sabían dónde yacía su cuerpo y acaso no tenían necesidad de buscarlo porque su rostro sí estaba allí: lo iluminaban cirios rosados y celestes, lo respetaban la garúa y la muerte, lo repetían millares de estampas, milagrosos detentes y escapularios benditos que los devotos adquirían con unción, y luego, santiguándose, guardaban bajo la ropa, colgaban de sus cuellos, refundían en devocionarios o escondían en piadosas billeteras, mientras una fragancia de sahumerios y de agua florida proclamaba en el cementerio del Callao la resurrección de la carne, la vida perdurable y el regreso de los santos.

Santo es quien regresa a la luz de este mundo y camina sin ser notado por en medio de una hilera de rezos, cirios y devotos soñolientos que tomaron el primer microbús para también ser los primeros en llegar hasta esta capilla del panteón chalaco donde se rinde culto a una joven fallecida en 1940 y de cuya vida nadie sabe demasiado, ni ella misma podría recordar con cierta exactitud si es verdad que en estos momentos ha despertado.

Cuando despertó, lo primero que la asombró de veras fue la supervivencia de aquel tímido retrato que le hiciera un fotógrafo de manga, trípode y cajón ambulante cierta tarde de retreta y de sábado en la plaza San Martín. 17

No recordó habérselo dado a alguien ni encontró la razón por la que los suyos hubieran decidido conservarlo. Quizás se supo personaje de una profecía inflexible, según la cual los últimos regresan para ser los primeros. De acuerdo, las profecías se cumplen y son siempre prodigiosas, pero lo prodigioso es que sea yo quien regrese, se dijo, tal vez, y tal vez estuvo a punto de rogar a los devotos que la dejaran volver a la muerte, que ella no era nadie para merecer los sahumerios, pero, si lo intentó no pudo hacerlo, porque no podía hablar con los vivos: son éstos siempre los que se esmeran en conversar con la gente del otro mundo.

Cuando despertó, pudo escuchar perfectamente el relato de sus milagros más recientes y el testimonio de sus piadosos pasos por la tierra; más bien, podía hacerlo, pero repentinamente prefirió dejar que sus ojos se fueran alzando lentamente por sobre el grupo de discípulos y luego tramontando la necrópolis volvió por un rato hasta las nubes, desde donde podía divisar el trazo del Callao, la donosa fortaleza de1 Real Felipe y los hilos de asfalto que unen al puerto con la capital del Perú. Quiso saber entonces si ya se había cumplido la profecía de Santa Rosa, de acuerdo con la cual los barcos anclarían un día sobre la sumergida plaza de armas de Lima. Pero no había pasado tanto tiempo, ni el mundo había cambiado tanto: podía notar solamente que el cielo estaba un tantito más oscuro y que la banda de los gallinazos se había multiplicado como un mar de picos negros impacientes por engullir de una vez por todas la que algún día habría sido la resplandeciente capital de los virreyes.

De Santa Rosa y de los virreyes había oído hablar en la escuela nocturna a la cual concurría después de cocinar y refregar las ollas en la casa de su patrona italiana. Había aprendido también la historia de un santo negro, cocinero y portero de un convento, que lavaba el azúcar rubia para convertirla en blanca, que hacía cenar juntos a los perros, los pericotes y los gatos y a quien se le había prohibido finalmente hacer milagros, pero que en cierta ocasión, al ver que caía de una alta escalera un pintor de brocha gorda, le había dicho: “quédate en el aire un rato, hermanito, voy a recabar permiso para hacer un milagro”; e igual se sentía Sarita, en medio de la tierra y del cielo, suspendida, sin peso, flotando por culpa de un milagro que acaso estaba haciendo el grupo reunido en el cementerio; rezando y desesperando, ellos la habían traído de vuelta, ellos: artesanos, obreros, vendedores de baratijas y de loterías, limpiadores de carros, llenadores de micros, servidoras domésticas, estudiantes de secretariado y de corte y confección, mariposas nocturnas, hombres, mujeres y hasta niños, desocupados, cercados, enfermos, sospechosos, ofendidos, violentos, avergonzados, hombres casi invisibles, hombres mínimos, hombres de nada, infelices a quienes el cielo también debe haber prohibido hacer milagros.

Por eso fue, seguro, que los ojos de Sarita dejaron de estar volando y atravesaron otra vez el reino de las nubes y los gallinazos para volver a tierra y entrar en el mundo de sus devotos, a quienes ya no iba a poder rogar que la volvieran de donde había venido, porque los pobres solamente pueden llamar y atraer a los santos, pero no está dentro de sus facultades de pobres devolverlos al cielo. Por eso estaba despertando Sarita, y quizás, cuando despertó del todo, tuvo ganas como las tiene todo el mundo de escuchar su propia historia, relatada y cantada por las voces de los que rezan, esperan y cantan, historia que no podía ser una novela sino un canto con muchas voces y un solo silencio, como se canta a veces sin voz y sin amor al amor y a la vida. “Bien milagrosa es. Yo una vez estaba enamorado de una muchacha y por eso recé a Sarita y le dije: Sarita, tú eres la única que sabe de esta cosa, por eso te voy a rezar para que me ayudes, y por eso fue que a la semana la chica se me acercó y fuimos al cine, y hemos estado saliendo como seis meses, ahora ya no, ahora ya no quiero saber nada de la chica porque no me gusta la vida de casado, por eso me retiré”.

“Bien milagrosa es. Si inclusive, Cachito Ramírez se la llevó a la Argentina cuando fueron las eliminatorias del 69, y allí nos clasificamos. ¿Cómo? ¿En qué forma se la llevó? Llevándosela pues”.

“Y por eso, los jugadores le han regalado un vestido de novia, ése que usted ve sobre su estatua, y yo sueño que alguna vez la voy a llevar a Panamá para que la conozcan, para que sepan lo milagrosa que es, porque a cualquiera le hace milagros, a cualquierita, por eso le digo que hace milagros en el acto, y por eso ya me da miedo pedirle un milagro”.

Cuando despertó, se quedó asombrada de ver cómo centellaban las lentejuelas del vestido de novia que habían colocado sobre su tumba y quizás se sorprendió de pensar que nunca había pensado ni soñado con usar un vestido así, ni siquiera cuando el fotógrafo ambulante de la plaza San Martín, un tal Víctor Phumpiú, le pidió que no se moviera ni respirara. Quizás en este momento pensó que soñaba y quiso volver a dormir, pero ya no pudo porque estaba milagrosamente despierta.