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LIMA, LA ÉPICA DEL DESASTRE

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Descripción

LIMA UN HIMNO SACRO

LIMA, A SECAS, TITULA HAROLD ALVA

esta nueva entrega

de su poesía, marcada a lo largo de su evolución por el

dichoso toponimio. Si en las etapas anteriores el nombre

de la ciudad aparecía y desaparecía, ahora, en esta

verdadera trabazón de melodías, conceptos y situaciones

que conducen a un inesperado desenlace, le sirve no solo

para marcar el espacio, sino, sobre todo, para enraizar el

eje de un universo poblado de animales feroces y de

plantas extrañas, razón por la que bien podría calzar a

esta visión el subtítulo de flora y fauna. Pero no, él ha

preferido Lima, a secas, espacio de angustias y

desesperanza, delirios y sueños.

El poema XII, por ejemplo, nos permite oír los

desgarros de un hombre que al marcar su territorio,

realiza escoriaciones sobre su propio cuerpo, el territorio

donde escribo, dice. Lima desde este punto de vista no es

solo un toponimio; también es el nombre que engloba a

sus propios dientes cuya lengua pretende empujar al

precipicio. Es también una calle, la esquina formada por un

conjunto de huesos y flujos sanguíneos donde no le

permite a nadie detener las cobras que escapan de su pecho. La

voz de Alva sabe que el aprecio de la poesía se separa de

la importancia asignada a los temas, y tal vez por eso la

suya está desnuda de toda retórica. La Lima que su

palabra nos permite visualizar no es algo surgido del

ensueño o de la melancolía. Es un lugar en el que vibran,

tiemblan, hierven inquietudes de un ser invadido de

preocupaciones mortales.

Antes de compenetrarnos en ese espacio de

inmolación recordemos que J. E. Eielson sostenía que

Lima no era un lugar ideal para vivir, en cambio sí para

morir. Por sus largos años de vida y experiencia en Roma

se podría deducir que tampoco esa ciudad lo era, sin

embargo ahí vivió gran parte de su existencia. No por

eso, desde la añoranza, desde la nostalgia, negó que Lima

no fuese la perla que imaginariamente acariciaba en el

bolsillo. Y a partir de la revelación de ese elemento

contradictorio, nos permite entender que Lima para

Eielson no era, poéticamente, su verdadero desafío. El

conflicto mayor de Eielson estaba en otra parte, en ese

espacio de la memoria, de la inteligencia, del ser, del

entendimiento con el mundo.

La Lima de Alva tampoco es un espacio sagrado y

menos de adoración, tal vez sí de combate. ¿Pero de

combate contra qué, contra quiénes? Su confrontación y

su secreta pasión por la ciudad, es inestable. Aunque ella

lo somete a las dolorosas contradicciones que le provoca

el amor (Tú fuiste mi ciudad / El color de mi parque / El libro

que escribo con la oscuridad de mis palabras), al coyote de la

avenida aviación, como se auto califica el hablante, la

ciudad y sus halcones de neón, sus calles como culebras, la horda

de coyotes, los pájaros que advierten la épica del desastre lo

conducen a situaciones que en la superficie parecen

imágenes vistas desde un espejo. A todo eso él opone la

pretensión de desollar un cuerpo y Alejarse del ruido que se

clava en sus letras / Como una espada de sangre / Como una

lanza oxidada / Clavada en un corazón petrificado / En una

arteria idéntica a una calle inhabitada.

Si técnicamente sus versos dan la impresión de ser

una cascada de imágenes, su eje apunta hacia una

voluntad de acabar con la idea de un ser divino. Lejos

estamos de una Lima solo como un espacio lleno de

fieras, de reptiles e insectos venenosos. Lejos estamos de

la idea de Lima como el espacio de su propio cuerpo. El

conflicto mayor de Alva no es con Lima ni con su propio

cuerpo, sino con Dios o con Satanás. Y ya se sabe que

ese conflicto en poesía es el mayor desafío posible.

Vallejo se confronta con Dios. Blanca Varela igualmente.

En otro de los segmentos de Lima (XVII) el

hablante se imagina, en compañía del cuerpo del deseo,

frente al mar, en los bordes de un acantilado. Y le dice

Capturas el aire de la cordillera / Observas el perfil de un Apu /

Que roza la espalda singular de este poema / Y continúas allí /

Estática en los riscos / Arriba el cielo se abre y anochece /

Escucha / Ese rumor es la lengua de otra civilización / De otra

tribu que ahora nos acecha… El perfil de ese Apu, el sordo

rumor que emerge desde las montañas colindantes de

Lima, la presencia de la lengua de otras civilizaciones Que

roza la espalda singular de ese poema, nos permite decir que

Alva nos plantea, desde Lima, una visión de lo sacro

alejada de los monoteísmos.

Aunque el poema XXIV está habitado por la idea

de un Dios como el recuerdo, al parecer, de un simple

accidente; aunque a partir de ahí el hablante puede desde

la memoria imaginar su rostro, Los músculos que esconde /

Para que alucinemos su miedo / La furia de un ángel que destroza

/ La torre de las catedrales / El rito de la eucaristía / Y lo

sublime de un pájaro / Que caga sobre el agua / Pienso en Dios /

Y la noche me escupe un cuajo de su sangre / El sacrificio de

alguien que desconoce / La bala que sepulto en la cabeza. Cómo

no sentir que estamos ante una concentración del

lenguaje capaz de penetrar, como un escalofrío, hasta el

meollo de las dudas más antiguas del género humano;

cómo no sentir una poesía que habla desde lo que omite,

que nos habla desde los silencios; una poesía en la que la

idea de dios se singulariza para enraizarse en un espacio,

en un lugar preciso: Lima en su versión polisémica de

toponimio, de cuerpo del hablante, de terreno de

combate.

Señalábamos inicialmente la marca de una trabazón

de imágenes y conceptos que avanzan hacia un desenlace

inesperado. En efecto, a lo largo de todo Lima aparecen

los hilos, las pinceladas, la tonalidad de un himno sacro,

conducentes a un posible acto sacrificial, hasta que, en el

segmento XXVII de pronto nos hallamos ante el hecho

consumado. Suponíamos que avanzábamos hacia un

deicidio o hacia la propia inmolación, pero he aquí que

irrumpe la sorpresa. Estamos en el último piso del edificio más

alto de Lima y a los pies del hablante yace el vencido, la

parte oscura de cada quien. La cabeza del vencido

reposaba como un ceramio / Sobre un estante de huesos / Nadie

conocía su alfabeto… / Yo lo había vencido / Lo tenía amarrado

contra un muro de hierba / Su boca estaba cerrada… Yo cercené la

historia / Y con ese corte / Salí otra vez al mundo… En

realidad, más que a la autodestrucción o a la eliminación

de la idea de Dios, Alva nos ha conducido por los

vericuetos de un magnífico acto de desdoblamiento. Él

lo suscribe. Lo firma con su trazo De cuervo acorralado por

la pérdida.

Jorge Nájar París, diciembre del 2010.

 

I / PASEO DE LA REPÚBLICA Cuadra 1

Un hombre soñó que su vida moría con el aliento de un tigre que saltaba hacia sus ojos Buscó en ese vapor la voz de alguien La silueta de alguien que interceda por lo que nunca había escrito y le permita abrir las pupilas para ascender o descender las escaleras que lo conduzcan a otro cuerpo No podía esperar otra cosa No pretendía nada más allá Solo un horno que lo consuma y lo redima para otra vez delinquir como la muerte que regresa con el aliento de esa fiera que lo mira con rabia al otro lado del espejo De su boca que lo ataca cada vez que intenta escribir un poema y regresa alguien con ese tono de cuervo Con esa mirada de noche que lo quiebra y lo arroja sobre el teclado y le lanza el mismo tema y lo repite mil veces y lo cansa Entonces ese hombre observa el hocico que le dispara esa brisa fétida Se acomoda el saco Ensaya una estrategia

Y cruza al fin la puerta

A

Hay un rumor de aviones en el subsuelo Un grito de hierba Una procesión de estatuas que avanza hacia mis brazos con la devoción de un monje que aterrado se aferra a su fe A la edad del libro blanco Hay una catedral de silencio entre mis manos Un nido de cobras que tiembla con el lenguaje de los pájaros Un ataúd Una mortaja de algas Un hombre ansioso por romper el calendario Su martes negro Hay un altar de cuerpos destrozados Una multitud de adverbios De extraños De bocas que subordinan el espanto

II / MALECÓN CISNEROS 7h 45 PM Octubre

El hombre observa la cadencia de su oficio La velocidad del aire que llega desde el malecón Y lame las ventanas de los edificios Las puertas como un adjetivo siniestro La niebla que ataca como un samurái Con su cerbatana de miedo Y se pregunta si la noche Tiene algo que ver con su ictericia O acaso la nostalgia Es la única palabra que sostiene El argumento de su día Entonces retorna los ojos al vacío Salta en parapente hacia la sima Tensa los músculos de sus brazos Y se deja caer Siente

La generosidad

Del abismo Y ya no se pregunta Si la noche Tiene algo que ver con la caída

B

Debo estar enfermo Anochece en mis ojos ahora que todo está sellado El tipo que proyecto en la ventana sabe que todo está sellado Intento perderme Le hablo a los fantasmas que aparecen al otro lado de la tragedia Lo escupo Apago las luces para que desaparezca y me deje en paz con esos aguafuertes No sé hasta qué punto un hombre destroza con insensatez los nervios que equilibran la corriente Debo estar enfermo El agua se detiene cuando hablo y yo la difumino con este olor a sangre Con esta velocidad Con este tajo de ansias que excusa el placer de un asesinato