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LA GRAN ESTACION

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Esta novela nos habla de una estacion en el cosmos con  cuatro mansiones llamadas Adaka, Beteka, Ciodelka y Daskas donde se alberga a los niños que han tenido una penosa existencia. Tambien hace mencion de una montaña llamada Kadika donde llegan los niños que creen que existe algo mas alla.

Descripción

PRIMERA PARTE

Romper el círculo

Una estación en el cosmos recoge y alberga a los niños que en la Tierra tuvieron una penosa existencia con trágico final. Posee cuatro mansiones llamadas Adaka, Beteka, Ciodelka y Daskas y una montaña de nombre Kadika a la que pueden llegar los que tienen esperanza y a pesar de lo ocurrido creen que existe algo más. Ese sentimiento extraño e inexplicable que mueve fronteras, que busca sin descanso la esencia de la vida. La energía que palpita y se transforma. El delirio interior que nunca dejará de ser. El acoplamiento exigido en la materia imperfecta. La luz que cada ser persigue en su inconsciencia. Reclamados por la ignorancia que condena a continuar dando vueltas sin poder emigrar del círculo que dilata la deplorable continuidad: ¿Dónde quedó la alegría de la niñez, el fruto de la esperanza, la libertad del individuo? ¿Dónde?

I VOLVER

La montaña está triste. Ya no gime las épocas amargas de quien no supera las zonas profundas de los sectores primarios. Ya no se apropia de sus lamentos para convertirlos en mágicos y destellantes cánticos de esperanza. La vida continúa y a veces ese es el problema. Que continúe, se trasmute y no exista el fin. La última aurora multicolor se llevó la magia del cielo. Fue la más bella desde el inicio de los tiempos y pocos la vieron. La mayoría notamos diminutas fosforescencias reflejadas en la cima, pero Kadika no es la que solía ser, capaz de transformarse y convertirse en un espejo para reflejar, hasta en un obscuro rincón, un rayo de ilusión. Se ha vuelto silenciosa y desafiante. Negra y misteriosa. Tímida y selectiva. Su verde pradera que animaba en la escalada se secó cuando estábamos casi por coronarla. Los aventureros que me acompañaban están tan perdidos como yo. Hace frío acá arriba. No da ganas de seguir avanzando.

Me están llamando. No quiero ir. Sé que es inevitable y debo hacerlo. Es mi turno. Hay descomunal actividad allá abajo. Si te quedas inmóvil en la pradera lo puedes percibir. Puedes escuchar el quejido del soplo que engendra la vida. El ejercicio activo que monitorea y al final te requiere y busca hasta encontrarte, hasta partirte en miles de pedazos si fuera necesario, y regresarte porque se viene el turno de quienes nos aventuramos sin lograr coronar. Los ciclos se acortan. Vamos y regresamos velozmente. No deseo volver. Estoy bien aquí a pesar de la indiferencia de Kadika. Me sentí cobijado por un momento. Superé el mar. Alcancé la orilla. Corrí por caminos aterradores hasta que volví a mi realidad por un triste recuerdo. Me faltaba poco, tan poco. ¿Por qué debemos hacerlo?

Son muchos en las mansiones de La gran estación quienes tendrán que hacerse al conocimiento y avanzar. Es injusto. No lo hemos pedido. Hemos hecho mérito para quedarnos e ir tras la Luz. Conociendo lo que sucede ¡no permitas que volvamos! ¡No lo permitas! Pero a quién le hablo si nadie escucha. No nos oyen. Esto es solo un cerro.

Mis lamentos se pierden como abajo. El laberinto con sus pasajes escabrosos ha vuelto a aparecer. Los peligrosos habitantes de las cavernas descubren sus horribles rostros concentrados de maldad, pero ya me es indiferente. Vienen, se acercan, los distingo con claridad. Dan lástima. No pueden tocarme. Acabó este juego. Ese es otro problema. Todo es un juego. Ni el eco nos devuelve la alegría de saber que somos y aún estamos. Se ha transformado en un vozarrón subterfugio, apagado. Si grito es posible que atraviese esferas tras esferas y mi voz se escuche a través de sonidos similares a tambores, trompetas y demás instrumentos musicales que se mezclan con el concierto de la naturaleza. A través del viento que a veces ruge, se queja y cuenta su propia historia. Una historia que nadie presta atención. A través del mar y su palpitar en la cadencia de las olas. A través de la furia contenida en los volcanes. Si escucharan sabrían un poco más. Nos podrían percibir. Pero ya nadie quiere saber. Ninguna razón vale.

En Adaka están los que recién suben. Son numerosos y cada vez se les observa en peores  condiciones. No deseo verlos porque me veo a mí mismo en cada extremo de sus peliagudas circunstancias. Es doloroso y comienzo a recordar. Ellos aún no se dan cuenta. Bajan la mirada, piden perdón por algo que no hicieron. Extrañan y lloran en silencio. Llegan tal como los ultimaron. A veces tardan en encontrar sus pedazos. A veces no terminan de hallarse. Chocan contra los cristales, tropiezan y vuelven a caer.

Hice varios amigos en Ciodelka y aquí en la pradera, a poca distancia de la cima, me siento estimulado. El verde es impresionante y mirando hacia la cúspide, puedo distinguir las doradas espigas de trigo, los lirios del campo, los tulipanes y las orquídeas señalando el camino por donde atravesará triunfante el aventurero, pisando ramas secas de sándalo, para colocarse en el centro de la circunferencia formada por girasoles que lo esperan impacientes, y desde ahí por fin logre convertirse en energía pura y se eleve alcanzando la gloria.

Estuvimos felices porque volveríamos a la Luz. Al principio del accidentado mecanismo. Cuando aquella decidió desprenderse de su negatividad y enviarnos a la Tierra. Hubiese sido mejor que arreglara sus cuentas a solas, en casa. Pero se puso creativa y quiso divertirse. Hoy se lamenta, seguro. Hoy se lamenta. La esencia es indestructible por lo tanto ella también tiene que sufrir. Nunca estará completa. Y la verdad es que no entiendo por qué debemos regresar. Nadie nos informa nada. Lo ideal sería que nos mantuvieran al tanto de lo que sucede, nos guíen, pero nada. Libre albedrío. Estoy con los ánimos vibrantes, con la piel erizada por ambiguas emociones para transitar por ese bello tramo de naturaleza viva, de fragancias sin igual, en lo que queda de esta ruta convertida en un ambiente aterrador, como última prueba para llegar a…