¡Oferta!

LA COMPAÑIA DEL ALTO PUTUMAYO

S/.20 S/.10 impuestos incluidos

Descripción

PREMATURAMENTE CALVO, OJÓN, DE PÓMULOS FUERTES, alto y huesudo, el pintor colocó en el fondo de la iglesia los diferentes paneles del tríptico con el que había luchado durante casi un año. Poco a poco, a medida que iba ensamblando el conjunto fue adquiriendo forma un árbol cargado de hombres, mitos y leyendas, al tiempo que él mismo sentía que algo desconocido brotaba dentro de su propio ser: el asombro y la satisfacción ante la herencia clásica hermanada con la tradición amazónica, una serie de imágenes plasmadas con colores ocres y vibrantes. Terminó de colgar el último detalle y bajó de la escalera. Retrocedió unos metros. Todo lo que tenía ante sus ojos era prueba de que se podía avanzar borrando lo que uno mismo había pintado; desconfiar de los trazos demasiado bellos y perfectos para terminar rompiendo con el brío de las apariencias. Sonrió y se frotó la frente. Por fin, se dijo, había logrado acabar con las representaciones sacras que terminaban pareciéndose hasta las náuseas. Pero éstas, las suyas, también eran sacras pues había vida y muerte dentro de ellas, dolor, sufrimiento, placer y espanto. Estaba satisfecho y por lo mismo lleno de un intenso frenesí.

Era viernes. Pedro Sifuentes había trabajado todo el día, pero no se sentía cansado. Avanzó hacia la puerta de la iglesia y encendió las luces para volver a contemplar su obra. El horizonte en el cuadro central destacaba por una luminosa línea rojiza que separaba el cielo y el agua, unidos por una misma oscuridad. Unas lejanas siluetas de espaldas, sentadas a contraluz, parecían sugerir figuras humanas contemplando ese horizonte abstracto como una visión capaz de sugerir el poder, la soledad y la eternidad del cosmos. Esa era la solución que tanto había buscado para materializar el Árbol Sagrado. Difuso, casi como un sueño, se adivinaba el perfil tembloroso de la casa en la que había vivido con Toña y sus amigos de La Compañía del Alto Putumayo. A un lado del altar mayor, en otro cuadro, flotaban figuras en el agua del río. Formas de ángeles deformados por la pasión. Bocas, ademanes, espantapájaros, celebraciones rituales, espectros y fantasmas trenzados en la farsa de la naturaleza. Ocre y azul. Una virgen pasmada ante el relincho de su caballo que se resistía a cruzar el puente del bien y del mal. Esa era la Reina de Saba en versión amazónica, un cuerpo en medio del paisaje, un cuerpo que absorbía toda la luz, el cuerpo de Toña Sáenz diseñado como antaño, cara huesuda, de un negro radiante. Al otro lado del altar se adivinaba la Lección de Anatomía, casi como una sombra lejana. Pero el hombre rodeado por los notables de Sodoma poseía los mismos rasgos del Pedro Sifuentes todavía joven. En todo el conjunto, visto de frente y con cierta distancia, se podía distinguir el rostro de la serpiente cósmica oculto entre las sombras de los árboles, como un astro en la oscuridad que progresaba en el universo.

Apagó las luces y salió. Cerró la iglesia y avanzó por el camino de las amacisas en cuyas ramas el viento se disparataba. Sólo la luz de unas farolas, el centelleo de los relámpagos en el cielo y los faros de los pocos vehículos le permitían evitar las roturas de las aceras y los hierbajos que brotaban entre ellas. No le importaba el viento ni la inminente lluvia. Estaba feliz. Avanzaba pateando terrones, sobresaltándose, a veces, por los ladridos de los perros, reconociendo fragmentos de canciones populares entonadas por jóvenes apostados en los patios de sus casas. Llegó al cruce de Raymondi con Ucayali y entró en la iluminación de las luces del Hotel Oriente. Tuvo ganas de fumar y se puso a buscar cigarrillos en sus bolsillos. Encendió uno y ahí se quedó aspirando el perfume del tabaco, con la mirada extraviada en el espacio en el que, en los albores de Mayushín, se levantó el primer cementerio. El viento barría el polvo de la calzada y él dio media vuelta. Avanzó anheloso de algo como la recuperación de fragmentos de una extraviada felicidad. No había caminado ni diez pasos cuando se sintió asaltado por los fragores de una fiesta popular pues, como era viernes, ya comenzaban a sonar los ritmos de La Típica en uno de los salsódromos de la localidad. Había empezado a llover cuando decidió acelerar la marcha. Al pasar frente al edificio El Urcututo, dos tipos salieron a su encuentro y lo detuvieron. Protegidos por densos bigotes, los dos hombres lo tomaron de los brazos y lo empujaron hacia la oscuridad.

– ¿Qué pasa? ¿Qué pasa? – se sorprendió dando gritos. – ¡Cállate, sonso! – le dijo uno de ellos ahuecando la voz.