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LA CASA VIEJA

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En este libro, Morillo relata el desmoronamiento de una familia de un remoto pueblo norteño con el contexto es la década del 90, que tuvo todos los medios para realizar sus sueños pero que por diversas circunstancias todo, ingentes bienes, encendidas ilusiones, se vino por los suelos hasta no quedar de ello más que escombros y desolación. Pero más que una historia en cuyo transcurso se ordenan o desordenan hechos, La Casa Vieja es una visión y una reflexión sobre la vida a través de un sinnúmero de otras historias que, como los afluentes de un río, van a alimentar el caudal que los engloba, en el que cabe todo lo que cabe en la vida: regocijo, dolor, ilusiones, desengaños, calma, violencia, nobleza, traición, perfidia, pasión, rencor, religiosidad, blasfemia.

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Descripción

LA CASA

Su nombre, Casa Vieja, hace pensar en una sola casa. Una casa vieja. En realidad, fueron varias. Cuatro de ellas –las únicas con puertas de cedro, pilares de eucalipto y anchos corredores- – se agrupaban en torno a un patio empedrado y espacioso como una plaza. Solo una, la de altos, la que se erguía de espaldas al camino, tenía una apariencia añosa, una vejez visible, sobre todo, en el enlucido de sus muros, en sus aleros, en sus escaleras y barandas. Tenía, sin embargo, el cuerpo y la prestancia de las obras de antes, pues se alzaba maciza, fuerte y segura, con aire de estar ahí para desafiar los riesgos del tiempo y de los climas. En su segunda planta, tanto en la fachada, que daba frente al patio, como en la parte trasera, que miraba al camino –la vía que llevaba al valle del Marañón–, sobresalían ventanas, balcones y antepechos trabajados en cedro. Esta era realmente la casa vieja. A ella se adosaba una construcción visiblemente levantada después, de una sola planta y dos habitaciones –el despacho de Papá Biñy y el cuarto de aperos- – que también miraban hacia el patio. Un alto muro enlucido de blanco empezaba al costado de esta obra menor y luego se unía, un poco más allá, a la muralla que rodeaba todo el caserón. Ese muro servía de marco a un enorme portón que permitía la entrada, a través de un amplio zaguán, al patio, a los pasadizos y a los corredores por donde trajinaban a diario los que habitaban la casa, fueran miembros de la familia, gente del servicio o visitantes. Un poco más allá, instalado en la muralla misma, había otro portón de menores dimensiones. Daba a un zaguán que desembocaba en el otro patio en el que se hallaban varias construcciones, en su mayoría de adobe, destinadas a diferentes menesteres: la cocina, el comedor, los cuartos de huéspedes, la posada para peregrinos, las viviendas del servicio, el granero, la despensa, el horno.

La casa de altos y las otras tres de una sola planta, de hechura posterior, cerraban el primer patio y eran amplias y sólidas. Desde que estas fueron levantadas, seguían deshabitadas, como si con eso quisieran pregonar el más grande y doloroso fracaso de Papá Biñy: no haber podido realizar su sueño de vivir bajo un mismo techo con sus hijos y las familias que estos hubieran podido fundar. Por uno de los zaguanes, se salía del patio hacia el gran portón; por otro, hacia el segundo patio; y por otro, a un lugar abierto en el que se hallaban la huerta, el jardín, el alfalfar y el monte de shirajes.

Con todo su aparato de marcos anchos, maderas labradas y pesadas aldabas –tenía, además, en una de sus dos hojas, una puerta de tamaño normal destinada al diario trajín de entrar y salir, en especial, de los miembros de la familia y de los huéspedes–, el portón principal no era el acceso a la Casa Vieja. El acceso se hallaba arriba, al borde del camino, y no era un portón sino una modesta tranca de palos macizos enganchada, con gonces de bejuco, a un grueso puntal de aliso. Unas cadenas y un candado aseguraban el otro lado a un horcón macizo, de cuya parte alta colgaba una campanilla. Transponer la tranca significaba estar ya en los dominios de la Casa Vieja, aunque para entrar en su ámbito mismo –las casas, el patio–, había que bajar aún un tramo de unas doscientas varas de tierra afirmada por una vía que, luego de una curva que bordeaba unas salientes rocosas tupidas de matorrales, conducía hasta el apeadero, un espacio empedrado que se hallaba, justo, delante del portón.

La familia que vivía en ella poseía tierras y otros bienes en abundancia pero no se amparaba en ello para marcar rangos ni señoríos; al contrario: llevaba una vida llana y su relación con la gente del pueblo era de respeto e igualdad. Había, claro, naturales diferencias, como la arraigada costumbre de coquear  de los hombres de El Alto sostenida en la certeza de que la coca podía reemplazar el almuerzo o la merienda y aumentar el rendimiento en las faenas. En la Casa Vieja, nadie mascaba coca, no porque alguien lo prohibiera sino porque simplemente no existía la costumbre; pero ni a Papá Biñy ni a sus huéspedes y amigos que la frecuentaban les importaba que los vaqueros, los caballerizos, los operarios que cumplían faenas dentro de la casa, coquearan delante de ellos. Otra diferencia era el modo de hablar la lengua de todos, el castellano: la gente del pueblo lo hablaba con deformaciones y groserías. El castellano de la Casa Vieja, en cambio, era comedido y daba la impresión de tener más palabras y sonar mejor. Las groserías no se sentían necesarias y por eso no existían. ¿A qué se debía esto si nadie se dedicaba a enseñar estas maneras ni a prohibir, por ejemplo, las malas palabras? Papá Biñy era un hombre leído que recibía con frecuencia huéspedes instruidos que hablaban como él; además, en una época, a causa de los trotes por conseguir la creación de la primera escuela de El Atlo y de las faenas con los hacendados, hizo frecuentes viajes a la costa, donde trató con diputados, políticos y gente salida de la universidad. ¿En esto se sostenía el buen hablar de la Casa Vieja?

En todo lo demás, más bien, había semejanzas: tanto la gente del pueblo como de la Casa Vieja eran casi todos blancos y no faltaban los zarcos, los de ojos claros, los de pelo rubio o castaño y barba del mismo color, si se la dejaban crecer. Los había también ligeramente trigueños, barba y pelo espesos y negros. Estaba a la vista que corría por sus venas la sangre de los españoles que se atrevieron a cruzar tan altas y enredadas cordilleras, tan frías y extensas punas, tan bravos y torrentosos ríos, como el Marañón. ¿Tanta era la ambición que no les importó desafiar semejantes peligros? Los libros del viejo Narciso, el preceptor de la Casa Vieja que enseñaba las primeras letras y otras cosas a los muchachos, decían que esos aventureros buscaban oro, pero estaba visto que aquí solo encontraron, entre peñascos, laderas monteadas y pequeños poblados, unas tierras milagrosas donde todo fructificaba en abundancia.

Ellos buscaban oro y estas tierras valían tanto como el oro pero se hallaban en un lugar remontado, lejos de todo. Sería una lástima emprender el largo y penoso retorno arriesgando la vida –muchos, al venir, seguramente murieron en tantas inclemencias–, con el rabo entre las piernas y sin nada en las manos. ¿Por qué no establecerse aquí como dueños y señores de todo? Uno de ellos, el que los comandaba, dio la respuesta: pasar por las armas a los legítimos dueños. Lucas, que solía contarme esto, me decía: Pero, ¿cómo establecerse así, sin mujeres si las de su casta se quedaron en su tierra? Mataron a los hombres y dejaron con vida a las mujeres, con quienes luego se ayuntaron a la buena o a la mala, engendrando, así, una descendencia que, según se veía ahora, mantuvo a lo largo del tiempo el predominio de su sangre, la de los invasores.

El único nombre conocido de aquellos tiempos, registrado en documentos, era el de Gabriel de Games, cuyos dominios se extendían desde las mismas orillas del Marañón, pasaban por las tierras de El Alto y acababan en las alturas, en los linderos de otras comarcas de la provincia. La falta de precisión en su testamento desencadenó una serie de pleitos entre sus propios herederos, algunos de los cuales no solo incorporaron a sus haciendas pueblos enteros sino que, al fijar los linderos, se apropiaron de otras tierras pertenecientes a los pueblos colindantes.

Gabriel de Games era la referencia más antigua del pasado de El Alto. Nada más que eso, un nombre y una herencia, una enorme extensión de tierras en la que se hallaban por lo menos dos pueblos conocidos: San Pedro de Uchos, a orillas del Marañón, y El Alto, a medio subir a las alturas. Había noticia de otro pueblo, Mitomamba, del que apenas quedan rastros en un arenal abandonado y en un cuento que refiere la forma cómo despareció.

De los primeros habitantes de El Alto, no había ninguna referencia. Ni un nombre, ni un cuento. Era como si los invasores hubieran arrasado también con la memoria del pueblo al que vencieron. En los pocos cuentos de antes –la Pichana, el Achacay, Yargo y otros– no hay siquiera vestigios de aquella herencia aniquilada; campeaban, más bien, las creencias de los invasores, lo cual se podía ver también en los cuentos de Ultocoche, una invención desesperada de una familia de pobres para defenderse de la ambición de los hacendados de apoderarse de sus tierras.

El Alto era el nombre del pueblo pero también del barrio principal, pues en él se hallaban la plaza, la iglesia, el cabildo y la escuela. Se alzaba en un promontorio rocoso, de cuyo mirador se podía ver, abajo, el valle de Uchos y el ancho y rumoroso Marañón; y allá, en las alturas de la otra banda, medio perdidas en tanta lejanía, las elevadas puntas de la Cordillera Blanca. De la plaza se descolgaban las calles que luego, convertidas en caminos, llevaban a los tres barrios restantes: a La Pampa, a La Banda y al Barrio Bajo, en cuya área se hallaba la Casa Vieja.

Es un limpio amanecer de agosto. Desde la madrugada, sigo sentado en el suelo reseco del Molino de Arancante, pensando en lo que he hecho: entrar en este lugar cerrado por años con unos cerrojos terribles, los de una maldición de efectos aciagos para quien se atreviera a desafiarla. Yo me atreví. Y lo hice llevado por la necesidad de esconderme en un lugar seguro de quienes me persiguen para quitarme la vida. El asunto empezó así: ordenaban mis manos con paciencia los hilos de la trama cuando sentí el temblor ocasionado por un camión que pasaba por la vuelta de mi casa, en esa parte en que la carretera hace una curva para enfilar a la calle de entrada al pueblo. El ruido del motor se perdió a lo lejos y todo quedó tan quieto y callado que creí que me estaba quedando dormido de pie. De repente, dos explosiones seguidas sacudieron el aire y me dejaron frío, sin atinar a moverme ni a hacer nada. ¿Qué fue? ¿Un derrumbe de los cerros de la parte de arriba del panteón? ¡Dios de los cielos!, grité para mí mismo. Luego, moviendo apenas la cabeza, miré a uno y otro lado, temeroso de ver una catástrofe pero en apariencia todo seguía igual.

¿Qué fue, y dónde? ¿En la plaza? Asustado, dejaba de templar el tejido a mi cintura, cuando un segundo temblor sacudió toda mi casa. No fue una explosión sino otro camión que pasaba cerca. No tuve que esperar mucho para confirmarlo. Alcancé a verlo salir por el otro lado de la quebrada y tomar la calle que desemboca en la plaza. Llevaba, en la parte de atrás, gente que agitaba unas banderas rojas. En la compuerta de madera había letreros pintados en telas templadas en uno y otro extremo. Con el ánimo todavía en suspenso, desaté la urdimbre atada a mi cintura, colgué la madeja del tejido en la estaca de la pared y de nuevo miré en dirección de la plaza a sabiendas de que no podría ver sino una mancha de techos y eucaliptos. No me quedaba duda de que las explosiones eran de dinamita. Su eco resonaba todavía en mis oídos como si acabara de desmoronarse algo muy grande, y era verdad: se había venido por los suelos el aire quieto de la tarde y el orden de las cosas de este pueblo. Aquí, no pasaba casi nada y solo por noticias que traían ciertos forasteros sabíamos de casas y cultivos arrasados por desmontadas o de pueblos en escombros después de un terremoto. Eran noticias pero ahora estaba ocurriendo, aquí, una desgracia en la que tenían que ver, seguro, esos dos camiones que pasaron llenos de desconocidos. ¿Quiénes eran estos que venían a desordenar la vida de la gente habituada a que las cosas no se alteraran tanto? En el aire, en mi ánimo, en el día, en las cosas yo adivinaba grietas, rajaduras, amenazas de derrumbe. Lo que acababa de ocurrir lo trastornaba todo, y yo sentía malos presagios. Me senté en el banquito del corredor a ver si dándome un poco de sosiego me calmaba y se me aclaraban las cosas. Me quedé mirando el rastrojo de trigo y, más abajo, el barrio de La Banda con sus casas apenas visibles entre los eucaliptos y los montes de shirajes. Ni un alma por el camino real ni por ningún lado.

¿Se habrá quedado la gente pasmada, como yo, sin entender lo que acababa de ocurrir? Volví los ojos a la plaza y se me ocurrió poner mi oído en esa dirección a ver si me llegaba algún ruido, alguna voz. De repente, me sobresaltaron las campanas. Un repique largo alborotó a los perros y cuando los ladridos empezaban a apagase, otro repique los avivó. Un tercero, el más largo de todos, me hizo entender que alguien llamaba a la plaza. Me dije: esos forasteros quieren reunir a la gente en la plaza. Ahora entendía: esa explosión de dinamita no solo era una notificación de su presencia sino también de sus intenciones. Todo el mundo sabe que los domingos las  campanas llaman para rezar en la iglesia y que cualquier otro día de la semana, suenan porque el regidor quiere hablar con la gente en el cabildo sobre algo que interesa a todos.

Luego del último repique, todo quedó como paralizado hasta que empezaron a aparecer hombres y mujeres en el camino de abajo, de La Banda. Unos iban apurados, otros como dudando pero todos avanzaban en una misma dirección. Y a mí se me empezó a alterar el ánimo. ¿Así, sin ponerse a pensar siquiera un momento en quién los llamaba, así, como recuas de animales sumisos acudían al llamado de unos extraños que no habían tenido reparo de entrar al pueblo haciendo pedazos la calma con sus dinamitas? Por mi parte, decidí que, mientras no tuviera claro quiénes eran y qué se proponían, no me movería de mi casa.

Mucho más tarde, cuando los caminos quedaron de nuevo despejados, llegó hasta mis oídos un confuso vocerío. Venía de la plaza y se encendía y se apagaba, como si muchos cantaran o lanzaran vivas al mismo tiempo. Fue cuando se me iluminó la mente: esos malditos que habían anunciado su presencia a punta de explosiones, esos que llamaban repicando las campanas, esos a quienes había visto pasar, no hacía rato, cerca de mi casa en camiones, esos no eran otros que montoneros. Aquí, nadie había visto un montonero en su vida pero se temía que en cualquier momento se hiciera patente lo que no era más que una inquietud. Era una zozobra dormida que cobraba vida no bien alguien avistaba a lo lejos una partida de desconocidos a caballo, por ejemplo. La gente se descontrolaba y procedía a esconder sus pobrezas y, si podía, se largaba al monte arrastrando a sus hijos. Al final, no pasaba nada: los forasteros resultaban ser negociantes o gente de paso hacia otros lugares, y lo extraño era que todo el mundo quedaba como decepcionado de que no se hubiera cumplido lo que tanto había temido.

Ni sueño ni pesadilla, me dije, el temor tanto tiempo latiendo en la mente de muchos ha cobrado cuerpo: estos son montoneros de carne y hueso y han venido en camiones –no como antes que asomaban a caballo– buscando el mismo fin: abusar de la gente y saquear las casas. Me entró un poco de miedo pero les solté una maldición que luego me pareció huera: ¡Que el cielo agrietado se derrumbe sobre ustedes! No era probable que el cielo se derrumbara pero maldecirlos me dio, por lo menos, algo de alivio. Me puse a pensar. ¿Qué debo hacer?, ¿acudir a su llamado?, ¿alistar mi machete y mis horquetas para hacerles frente cuando les diera por venir a mi casa?, ¿irme al panteón para esconderme entre las cruces y los matorrales hasta que se larguen? Algo tenía que hacer porque ya se estaba haciendo sentir su dominio: de cuando en cuando, ante una voz de mando, se alzaba un vocerío que luego daba paso a un breve silencio.

¿Qué hacer? ¿Quedarme, ahí, oyendo lo que oía, mascando miedo y rabia, o ir a la plaza? De ir, iría, pero no a ponerme a la orden sino a cantarles las verdades. ¿Seré capaz? Cansado de darles vueltas a estos asuntos, me puse a pensar en otras cosas y acabé recordando un suceso que nunca supe si lo vi o me lo contaron. En todo caso, eran caballos, jinetes y ruidos y gritos y una sensación de miedo. ¡Montoneros!, grité, interrumpiendo el recuerdo, seguro de que estos que acababan de tomar el pueblo eran montoneros y traían el poder y la fuerza para hacer lo que les diera la gana con la gente, resistiera o bajara la cabeza. En vez de gastarme en la inútil impaciencia quise ponerme a tejer a ver si así me tranquilizaba un poco, pero no lo hice. Tejer me daba calma y por ese lado solía escaparme de las durezas de la vida. Las cóleras, las amarguras, las penas y cualquier arrebato de ánimo se diluían y casi siempre dejaba a la vista ese espacio –los recuerdos– por donde yo caminaba a mis anchas. De pie, en el corredor, los ojos dirigidos a la plaza, me dio rabia no tener el valor de dejarlo todo y tomar el camino y llegar hasta esos desconocidos con el ala del sombrero levantada agitando mi machete en el aire.

Aquella tarde, me fui a la cama confundido y rabiando pero pude dormir. Ahora, aquí, en este destierro del Molino de Arancante, siento latir aún, dentro mí, ese mismo estado de ánimo pero laten también otras inquietudes y con frecuencia me pierdo pensando en la vida y en la vida que me tocó vivir en la Casa Vieja. Es como volver a esos viejos tiempos. Incluso, ahora mismo he vuelto, no en la memoria sino en la realidad, a un lugar, el Molino de Arancante, que tuvo mucho que ver no solo con Papá Biñy y su familia sino con todo el pueblo, pues la maldición que pesaba sobre él lo convirtió en un sitio temido al que no era posible acercarse sin correr riesgos terribles. Pero yo me he atrevido a desafiar esa maldición. Hasta hoy no ha pasado nada ni creo que pase pero me siento un tanto inquieto al ver la claridad del día tenderse sobre las laderas y la hoyada como echando luz sobre la sorpresas que han de venir.