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BAHÍA DE LOS POETAS

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PRESENTACIÓN

“La primera obligación que debe imponerse un hombre es luchar por lo que ama”. Cuando le pregunté, hace cinco años, a Arturo Corcuera qué lo movilizó para persistir como poeta, me dijo: “Uno no abandona lo que es”, no necesitó decirme más y continuamos supervisando las pruebas de “Puente de los suspiros” y el facsimilar de “Noé delirante”. Era agosto del 2013, preparábamos la edición del I Festival Internacional Primavera Poética. Fueron nuestros primeros libros de una serie que hoy reúne a 32 de los más emblemáticos escritores de nuestra lengua.

Cada vez que emprendo la organización del Festival, retorno a la respuesta de Arturo. Observo el mar desde el malecón de Barranco o me pierdo entre las calles del centro de Lima y retorno a su respuesta. Es increíble cómo la vida puede reducirse a un instante, a un instante tan poderoso que es capaz de movilizar voluntades para hacer realidad un evento cuya única finalidad es hermanar a través de la poesía valorando a los poetas. Reconocimos y valoramos en vida a Arturo Corcuera el 2013, reconocimos y valoramos en vida a Jorge Ariel Madrazo, el Caballero Argentino de las Letras, el 2015 y reconocemos y valoramos, en vida, a estos 32 autores que con sus obras construyen los pilares que sostendrán el nuevo tiempo.

“La primera obligación que debe imponerse un hombre es luchar por lo que ama”. Lo aprendí de niño en una visita al trabajo de mi padre, la frase no me la dijo a mí sino a un prisionero a quién le increpaba por no pensar en los suyos cuando cometió el delito. Desde entonces me acompañó esa máxima, pero me acompañó también el rostro desencajado de aquel hombre que lloraba como si acaso con las lágrimas podía liberarse de la angustia. Ese día asumí que si había alguna misión para mí esa sería escribir y facilitarle a quienes escriben la posibilidad de una celebración que involucre lo que aman.

Este festival es un acto de amor. Cada libro, cada mesa de lectura, cada detalle previo a su inauguración, cada clausura, es un acto de absoluta sensibilidad que incorpora la preocupación de mis amigos, el entusiasmo de los poetas, las atenciones de mi mujer que no ha dejado de alentarme para que todo se acerque a lo perfecto y para mí no hay nada más cerca a lo perfecto que la publicación de un libro, esa victoria sobre la oralidad, ese triunfo del documento físico, del objeto material que se impone como agente de cambio.

“Uno no abandona lo que es” me respondió Arturo. Pienso que si hemos llegado a esta primavera es porque los poetas publicados tienen la infinita convicción de la inmortalidad de sus jardines. Mi gratitud a ellos, mi gratitud al equipo, mi gratitud a los lectores, mi gratitud a setiembre y a todos quienes luchan sin traicionarse ni perderse.

Harold Alva Presidente del FIP Primavera Poética

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Descripción

VENTANA

Algún día quise escribirte una carta compañero Vladimir. Sí, a ti, quien le hablaba a los obreros desde la plaza roja y nadie lo escuchaba. Maïakovski era tu apellido, y nadie te escuchaba, porque los obreros iban a las fábricas y tú al café a deslizar la pluma, a charlar con los amigos.

Y nadie te escuchaba, Vladimir, o Maïakovski, ¿cómo quieres que te diga?

“Yo mismo soy una fábrica. Y si bien me faltan chimeneas, esto quiere decir que más coraje me cuesta serlo”

Y nadie te escuchaba.

Porque la fábrica estaba muy lejos y los cables transportaban mensajes más importantes que los tuyos y energía suficiente para iluminar las casas: cables, cables, cables. Los obreros no te escuchaban, Vladimir, o Maïakovski, ya no importa cómo te decían.

El tiempo ha pasado y sólo te conozco en versos. Compañero, las juventudes comunistas no te escuchaban, y eso ahora vale puritita madre.

“Levanto el cráneo lleno de versos, como una copa de vino en un brindis de sobremesa. Pienso más y más a menudo:

sería mejor poner el fin con la punta de una bala: Hoy mismo, por si acaso, doy un concierto de despedida.”

Y nadie te escuchaba, Vladimir, Maïakovski, pendejo, valiente, fábrica sin chimenea. O como quieran decirle al compañero.

Lilya Yúrievna Brik no te escuchaba. O quizá sí, pero los obreros tenían hambre y los ductos de gas eran más importantes.

Y nadie te escuchaba, compañero, y nadie escuchó el estallido ese 14 de abril de 1930, Vladimir, Maïakovsky, o cómo chingaos quieres que te diga. Lo siento, lo sentimos todos. Y como dijiste en tus últimas palabras: “El incidente está cerrado”.

Desde esta ventana, que mira hacia el jardín vecino, observo cómo las palmeras se mecen lentamente.

En ese jardín no solamente hay palmeras, también hay arbustos, de todos tamaños; un pequeño chapoteadero atestado de larvas, donde en la primavera jugaron los chiquillos.

El viento arrastra suavemente todo a su paso, y mis pensamientos también van; como esa bolsa de plástico que pende del alambre de púas, hecha trizas.

Como el pañuelo de una niña que despide algún barco. O una bandera ondeando en altamar, despidiéndose del puerto.

Estaban echos de carne y ueso, esas embras y esos ombres.

Caminaban asta que la luz no era más luz.

Buscaron dónde refugiarse. Se sentaron frente a la oguera, contaron istorias.

En ese entonces no abía oras, no abía días.

A mordidas, saciaron su ambre; dejando uesos tirados en el piso.

Buscando calor, se acercaron al fuego y se abrasaron.

Lo mejor sería ser una roca, y quedarse quieto infinitamente. Junto al mar, o en lo alto de la montaña. Rodar hacia el fondo de cualquier cañada.

Una roca cuya dureza sea endeble para poderse fragmentar en cualquier momento, a golpe de ola, martillo o cincel, a golpe de taladro y dinamita.

Una roca de acantilado; ahí, fría, solemne, sosegada. Cortando el vuelo de las gaviotas.

Una roca junto al río, llevada por las corrientes, con árboles y lodo, que destruye casas y campos a su paso.

Lo mejor sería ser una roca de desierto, fragmentada por millones de años de Sol y silencio. Y un día, como si nada, ser arena.

OJALÁ-TA

Cuando mis brazos ya no tengan fuerzas para moverse, quisiera ser una máquina y que al cortarme un dedo no sintiera absolutamente nada y hubiese repuestos en las ferreterías. Con un poco de aceite Shell y grasa dejaré de rechinar cuando viejo. Una maquina que diga las mismas palabras de siempre, las programadas para cada acto de nuestra vida: “buenos días”, “buenas noches”, “hola”, “hasta siempre”, etc.

Quisiera ser una máquina y sentarme en el parque y no sentir cuando pasa una muchacha de falda corta, o si un niño llora por una paleta. Ver a las palomas volar y no pensar en nada, sólo repetir las acciones programadas.

BAHÍA DE LOS POETAS

Mi mujer tiene un pequeño relojito en su pancita. Al tocarla, siento cómo las manecillas van a toda velocidad. Mi mujer vomita todo lo que come, escucho sus lamentos. Ella tiene un relojito en su pancita que va creciendo día a día. Mi mujer no sabe cómo vivir con las náuseas. Yo la cuido, limpio la casa, hago de comer. A mis 33 años sigo siendo feliz, como cuando era niño y el mar me arrullaba. Ahora, sentado en la sala de casa, espero que el relojito que ella lleva en su pancita escuche mis palabras.

Tania, Sebastián… La mesa y los pájaros están listos para el desayuno; ellos cantan y cantan en las ramas… A lo lejos, el mar.

Qué lentas vienen las olas esta mañana.

Vuela el zopilote sobre la azotea de casa. Vuelan las garzas en bandada rumbo al oeste. Antes del amanecer.

A las 7:45 hrs llega el primer vuelo. A veces, subo corriendo con Sebastián para que vea a ese monstruo con alas. Él, en cambio; voltea a ver a unos pajarillos pequeños de los cuales no me sé su nombre. Aún me siento tranquilo, apenas balbucea algunas palabras y todavía no pregunta por el nombre de las cosas. Es cuestión de tiempo, precisamente, ahora, vuela una gaviota.